La Sacerdotisa al Atardecer




Cuando la realidad empieza a difuminarse, percibo el murmullo del agua que fluye. Mientras más débil se hace, la tibieza de la superficie del agua que refleja el sol del atardecer es más evidente. Entonces dos ideas se me hacen terriblemente ineludibles: el sol cae, el agua asciende.


Él se ha ido. Aunque a veces me entretengo proyectando sus recuerdos sobre la superficie del agua. Desde el balcón del tercer piso me pregunto si es que siempre estuvo tan lejano. El agua asciende. Pero Él no volverá.


Sin embargo hoy ha sucedido algo insólito. El agua se ha deslizado silenciosamente por debajo de mi puerta. Mi rostro se mantiene imperturbable, mientras la desesperación anega mi alma: ¿será el final? Y entonces me doy cuenta que a pesar de que me he pasado la vida contemplando el agua desde la ventana cada atardecer, nunca pensé (así, tan verbalmente) que el primer y segundo piso ya estarían inundados. Creo que uno nunca termina siendo totalmente consciente sobre el transcurrir del tiempo. Nadie, excepto, tal vez, ciertos suicidas.


Nunca he extrañado la tibieza del sol, pero hoy percibo con mayor claridad que todas las veces anteriores, que su luz mengua. Ahora el suelo está todo cubierto por el agua. Objetos que evocan recuerdos flotan levemente. Otros no. Permanecen anclados donde siempre estuvieron. Es hermoso. Pero no durara mucho. Como todo. Lo contemplo por el tiempo que me es permitido. Y luego no puedo disfrutarlo más: la idea del final me asedia hasta no poder pensar en nada distinto. No puedo escribir sobre algo distinto.


Me desespero. La desesperación acelera los latidos de mi corazón (latidos que quizás estén contados, determinados desde antes). La desesperación conduce a lo inevitable: el contacto con el agua. Esta fría. Me pregunto si esa frialdad no se habrá apoderado mucho antes de mi alma. Sí. Siempre fue así. Siempre tuve el alma ahogada y ahora también lo está mi cuerpo. Miro hacia arriba, hacia la superficie. La luz del sol, el atardecer. Mi amado atardecer, mi amado efímero. Mis recuerdos de él. Nos volveremos a encontrar…


Una lágrima emerge de mi interior y mi alma se diluye en la muerte.



Créditos

Canción: Dead Sea
Compositor: Takanashi Yasuharu
Álbum: Shiki OST 





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